Mi historia empieza en el año 2002 en Tuluá, Valle del Cauca, una pequeña ciudad donde crecí como un niño soñador, curioso y lleno de energía.
Pero esta no es una historia convencional sobre mi niñez; quiero contarte cómo descubrí mi propósito en el mundo digital, cómo me enfrenté a los momentos más difíciles y cómo cada caída me preparó para construir algo más grande.
En mi adolescencia, el fútbol era mi pasión. Pasaba los días entrenando, repitiendo cada jugada una y otra vez hasta perfeccionarla.
Cada pequeña mejora en mi forma de tocar el balón, de dar pases precisos o controlar la pelota era un triunfo personal. Me di cuenta de que el progreso llegaba cuando abrazaba la incomodidad y trabajaba con disciplina.
Este aprendizaje en el campo no solo se quedó en el fútbol. Empecé a aplicarlo en mi vida diaria, pero también comenzaron las comparaciones.
Observaba cómo otros tenían más recursos y oportunidades que yo. ¿Cómo podían comprarse cosas que para mí eran un sueño, como una bicicleta o un PlayStation? Estas preguntas despertaron una chispa en mí: “¿Cómo puedo generar ingresos?”
Con el apoyo de mis padres y tíos, comencé a vender postres y arroz con leche. Este fue mi primer contacto con el emprendimiento.
Aunque pequeño, me daba el poder de aportar y cubrir mis propios gastos. Fue una lección temprana sobre la conexión entre esfuerzo y recompensa.
En medio de mis actividades de venta, llegó a mis manos un libro que transformaría mi forma de pensar: Los secretos de la mente millonaria de T. Harv Eker.
Cada página resonaba profundamente conmigo. Me abrió los ojos al concepto de activos, pasivos y al poder de la mentalidad emprendedora.
Fue entonces cuando entré en el mundo del multinivel. Aunque no fue un éxito financiero, esa experiencia me enseñó mucho sobre ventas, trabajo en equipo y crecimiento personal.
Descubrí que, para lograr algo grande, primero tenía que trabajar en mí mismo.
Mi desarrollo personal se convirtió en una prioridad, y poco a poco fui moldeando la mentalidad que necesitaba para enfrentar los retos futuros.
En décimo grado, mi vida dio un giro cuando un profesor del Sena me planteó un reto: crear un proyecto innovador.
Esto me llevó a mi primer contacto con la programación y la tecnología.
Aprendí HTML, CSS y empecé a explorar plataformas como Platzi.
Diseñé mi primera página web y me sumergí en el mundo digital.
Fue una etapa llena de descubrimientos. Por las noches estudiaba diseño web, mientras por el día soñaba con las posibilidades que esto traería.
Incluso intenté crear una pequeña repostería llamada Repostería Desserts.
Aunque no continué con el proyecto por miedo al qué dirán, aprendí una valiosa lección: el miedo a fracasar es el primer obstáculo que debemos superar.
Tras graduarme del colegio en 2019, decidí trabajar en una panadería para ahorrar dinero.
Con mi primer salario, compré dos libros que marcaron mi desarrollo personal: Inteligencia emocional de Daniel Goleman y Despierta tu gigante interior de Tony Robbins. Además, adquirí un curso básico sobre Instagram.
Fue aquí donde construí mi primera comunidad digital.
Una cuenta llamada Escuela Emprender llegó a tener 30,000 seguidores.
Aunque no sabía cómo monetizarla, cada publicación y estrategia que aplicaba me enseñaba algo nuevo.
En retrospectiva, esta etapa fue clave para aprender sobre storytelling, engagement y cómo construir audiencias.
En 2021, comencé a trabajar en una agencia de marketing digital. Fue entonces cuando participé en un lanzamiento de bienes raíces que generó $40,000.
Por primera vez, vi cómo mi trabajo tenía un impacto real y significativo. Esa experiencia confirmó que el marketing digital no solo era mi pasión, sino también un camino para cambiar vidas.
Ese mismo año fundé con uno de mis socios Dharma Marketing. Aunque logramos atraer clientes importantes, también cometimos errores.
Aceptamos proyectos que no alineaban con nuestra visión, y esas decisiones nos llevaron a cuestionar nuestro enfoque y a aprender importantes lecciones sobre claridad y propósito.
El 2022 fue un año lleno de retos. Con cada proyecto que no funcionaba y cada decisión apresurada, las deudas comenzaron a acumularse.
En noviembre y diciembre, me encontré de vuelta en casa de mis padres, derrotado y con pocas ganas de seguir adelante.
Sentí que había fallado no solo en mis proyectos, sino también en mí mismo.
Sin embargo, este período de reflexión fue necesario. Me enfrenté a mis miedos y comencé a cuestionar las creencias que me limitaban.
Entendí que cada caída era una oportunidad de aprendizaje, aunque en ese momento no lo viera así.
El 2023 fue un año de reconstrucción. Los primeros meses fueron difíciles; estaba lleno de dudas y no sabía por dónde empezar.
Sin embargo, en abril decidí retomar la acción. Comencé a prospectar proyectos y, aunque no todos funcionaron, algunos lanzamientos me ayudaron a recuperar algo de estabilidad económica.
A lo largo del año, aprendí que el problema no era solo externo. Era mi propia falta de claridad y enfoque.
Trabajé en redefinir mis metas y me preparé para dar un salto más grande.
El verdadero cambio llegó en 2024. Decidí participar en un entrenamiento en Medellín que transformó mi perspectiva.
Durante meses trabajé en redefinir no solo mi negocio, sino también mi forma de enfrentar la vida.
Este entrenamiento me enseñó a liberar mis creencias limitantes y a enfocarme en lo que realmente importa: crear desde el propósito.
Fue entonces cuando nació Eleva, un grupo empresarial enfocado en ayudar a marcas y negocios a escalar su impacto digital.
Hoy, estoy más claro que nunca sobre mi propósito y comprometido a liderar con autenticidad.
Hoy lidero Eleva con la convicción de que cualquiera puede transformar su vida si está dispuesto a creer en sí mismo.
No importa dónde empieces; lo importante es cómo decides avanzar.
See you
-Santi